El CPM (Cost Per Mille, «coste por mil impresiones») es un modelo de facturación publicitaria en el que el anunciante paga por cada mil veces que se muestra su anuncio, con independencia de si alguien hace clic en él o no. Es habitual en campañas de branding o notoriedad, donde el objetivo es que la marca se vea, no necesariamente generar un clic inmediato.
Cómo se calcula
El CPM se obtiene dividiendo el coste total de la campaña entre el número de impresiones y multiplicando por 1.000. Si una campaña cuesta 50 euros y genera 25.000 impresiones, el CPM es de 2 euros: ese es el precio que se paga cada vez que el anuncio se muestra mil veces.
CPM vs CPC: cuándo usar cada uno
El CPC (coste por clic) tiene más sentido cuando el objetivo es generar una acción concreta: una venta, un registro, una descarga. El CPM encaja mejor cuando lo que se busca es notoriedad de marca o alcance, aunque nadie haga clic todavía: campañas de lanzamiento de producto, branding o awareness en redes sociales y display suelen usar este modelo.
Qué factores influyen en el CPM
- La audiencia a la que te diriges: segmentos muy específicos o competidos suelen tener un CPM más alto.
- El formato del anuncio: vídeo, imagen o carrusel pueden tener costes distintos.
- La plataforma y el canal elegido, ya que cada red tiene su propio nivel de demanda publicitaria.
- La época del año: fechas con mucha competencia publicitaria (Navidad, Black Friday) suelen encarecer el CPM.
Errores frecuentes
- Usar CPM para campañas cuyo objetivo real es la conversión, sin medir si esas impresiones se traducen en algo.
- No definir bien la audiencia, pagando por impresiones a personas poco relevantes para el negocio.
- Fijarse solo en tener un CPM bajo sin valorar la calidad de la audiencia alcanzada.
El CPM mide cuánto cuesta hacerte ver; para saber si esa visibilidad vale la pena, siempre hay que mirarlo junto a los objetivos concretos de la campaña.
